Por Julia Strada / Hernán Letcher / Leandro Zicarelli (*)
El panorama de la economía mundial sigue siendo
sombrío desde la crisis de 2009 iniciada en su centro, Estados Unidos.
En un contexto signado por repetidas recetas para la región que hacen
hincapié en el ajuste, es útil observar las variables del contexto
internacional para encontrar el mejor camino para sostener el empleo y
los ingresos en Argentina y sus vecinos.
Por estos días, el posible aumento de la tasa de
referencia que fija la Reserva Federal de los Estados Unidos (FED)
representa un riesgo para la región. La cuestión no es nueva, nuestros
países tienen largos antecedentes en materia de inconvenientes externos
por la determinación de dicha variable, basta recordar la crisis de la
deuda desatada en la década de los ‘80 por la suba de la tasa FED
decretada por el entonces presidente de la entidad Paul A. Volcker.
Esta tasa, que a su vez oficia de termómetro del
desempeño económico estadounidense, en la actualidad se ubica en un
nivel bajo (0,25%). Esto no refiere al bajo riesgo real de la economía
de dicho país, sino a la estrategia adoptada por el mismo para salir de
la crisis de 2009, a través de la emisión y de la reducción de los
intereses al mínimo posible. De consolidarse la reversión de la crisis
en Estados Unidos es de esperar que las autoridades monetarias decidan
revitalizar la tasa de referencia para poner un ancla al crecimiento y
evitar así problemas de inflación y futuras burbujas.
La clave externa. Conocido el vasto proceso de desendeudamiento que
encaró la región durante la última década, la incidencia de dicha
política tendría otros canales de impacto distintos a los tradicionales.
Particularmente, la capitalización del dólar podría transmitirse por
dos vías: la comercial y la financiera. En la vía comercial, la polea de
transmisión son los precios de los commodities que guardan una relación
inversa con la tasa FED, es decir: que un aumento del interés
desalentaría los precios de los productos primarios, la soja entre
ellos.
Incorporando otra variable, es importante mencionar que una baja en
el precio de los productos primarios podría resultar parcialmente
neutralizada en la medida en que, dentro de esos productos (tomando el
“Índice de los 25”), se encuentran también el petróleo (WTI) y el Gas,
ambos con relevancia en las importaciones energéticas.
Mientras que los precios internacionales de los commodities
exportados como la soja acumulan a marzo, en Bolsa de Chicago, una caída
anual del orden del 30% (28% Harina, 26% Aceite y 31% el grano), los
hidrocarburos importados cayeron un 46% en el mismo período (49% el
crudo y 43% el gas natural estadounidense). Asimismo, el bajo nivel de
actividad en la región hace caer la cantidad de energía demandada, lo
que se suma a la neutralización de la caída del precio de los productos
exportados. La caída de las exportaciones de commodities es compensada
con un menor déficit energético.
Por otra parte, la cuenta capital sería el vehículo del impacto
financiero, teniendo en cuenta que una suba en la tasa de interés de
Estados Unidos ha representado históricamente para la región la fuga de
capitales de corto plazo.
En esta línea, el mayor impacto sobrevendría por la vía financiera,
frente donde nuestro país se encuentra mejor posicionado que el resto de
la región, ya que ha emprendido el proceso de crecimiento con inclusión
y desendeudamiento sin depender de capitales financieros, a diferencia
de Brasil, donde la incidencia de estos capitales de corto plazo es muy
alta.
De hecho, la financiación exitosa a través del Bonar 2024 verifica
esta solidez y contradice las recientes aseveraciones en el último
informe del FMI, el cual reza que “la confrontación en curso con los que
se quedaron fuera del canje (holdouts) impide que el país acceda a los
mercados mundiales de bonos”.
El caso de Brasil. El caso brasileño parece mucho más complejo, su
vuelco hacia la obtención de divisas mediante la cuenta capital lo
colocaría como uno de los principales afectados ante una eventual suba
de tasas en los países centrales. Sólo durante 2013 y 2014 ingresaron a
dicho país 68 mil millones de dólares netos en concepto de inversiones
extranjeras en cartera, más del doble de las reservas que tiene hoy el
BCRA y cerca del 20% de las que tiene Brasil. A su vez, más de un tercio
de esas inversiones extranjeras refieren a compra de acciones en la
plaza local (BOVESPA), mientras que los dos tercios restantes son
adquisición de bonos y otros activos de renta fija.
Si sumamos a eso el déficit comercial de dicho país (4 mil millones
en 2014), con su consecuente déficit de cuenta corriente (91 mil
millones, el 4% de su PBI), la depreciación del real y el estancamiento
económico que arrastra ya cinco años, vemos que el panorama para nuestro
principal socio comercial puede ser fuertemente turbulento.
De darse la suba de los tipos de intereses en los países centrales se
configuraría un escenario peligroso para Brasil caracterizado por una
carrera por mantener, para sus inversores externos, rendimientos
financieros en dólares más elevados que en el resto del mundo. Esto
implicaría más depreciación del real y aumentos de la tasa de interés
local (la SELIC es estructuralmente alta: 11,25%) para compensar la
revalorización mundial del dólar y la suba de tasa FED. Claro está que
esa política es incompatible con una política de crecimiento económico e
inclusión social.
Escenario local. En ese marco, nuestro país ostenta una solidez
superior: sostiene hasta la actualidad su superávit comercial y ata al
mismo su proceso de crecimiento con desendeudamiento.
En este escenario, las recomendaciones de ajuste realizadas por el FMI para la región resultan doblemente peligrosas.
Por un lado, se trata de consejos que atrasan respecto a un cambio de época que se manifiesta en el continente.
Por otro, la aplicación de ajustes a través de las restricciones al
consumo, vía reducción de gasto del estado y de la pérdida de poder
adquisitivo salarial, inciden negativamente con mayor magnitud al estar
en caída el nivel de exportaciones producto de la baja en los
commodities, que en Argentina se conjuga con la caída del comercio con
Brasil.
Menos mercado interno no sólo conduce a una economía de enclave con
trabajadores afuera, sino que además constituye un camino errado dadas
las complicaciones en el mercado externo y países vecinos.
Lo cierto es que en su último informe anual para la región, el FMI
realiza una serie de propuestas de política económica que, sin
demasiadas sorpresas, vuelven al camino conocido del patrón de
acumulación neoliberal.
Así reza un fragmento del documento Perspectivas Económicas del
Hemisferio Occidental: “Argentina necesitará una combinación de
políticas macroeconómicas más restrictivas, un tipo de cambio más débil y
un menor nivel de distorsiones microeconómicas para sentar las bases de
un retorno a la estabilidad y al crecimiento”.
Reducción del gasto (social), devaluación (y caída salarial), fin al
cepo (con liberalización) y fin a la inflación (con menos consumo) son
los novedosos consejos del organismo internacional.
La lectura del gobierno ha sostenido que una fuerte devaluación no
solucionaría los problemas de fondo que tiene hoy la economía nacional,
sino que los desplazaría en el tiempo y a costa de hacer retroceder la
progresividad distributiva.
Lejos de lo propuesto por el FMI, el análisis sensato de este
contexto internacional induce a la insistencia en la aplicación de
políticas de fomento al consumo y a la inversión. Alianzas con China y
Rusia, inversiones en sectores estratégicos (hidrocarburos, energía
nuclear), promoción a las exportaciones (PADEx), protección al empleo
(RePRO) y sostenimiento de los ingresos (paritarias, aumentos de AUH,
entre los principales) son las herramientas de indudable necesidad para
sostener un proceso de acumulación que aún tiene mucho por profundizar.
(*) Centro de Economía Política Argentina (Cepa)